Esos locos bajitos

El papel de madre y padre es posiblemente el más difícil que se realiza a lo largo de nuestra vida. Sin instrucciones, ni pautas claras, con las pocas que pueden aportar algunos libros, revistas y la experiencia como hijos, que en muchos casos resultan contradictorias entre sí y generan más dudas que soluciones. La tarea no se presenta fácil. A esto hay que sumar que ambos progenitores tienen, en ocasiones, ideas distintas sobre el modo en el que educar.

Pero, ¿qué ocurre con los/as hijos/as? Tampoco es sencillo su papel. Desde el principio, tienen que adaptarse a los requerimientos de los padres, en un mundo de adultos que para el menor resulta incomprensible.

Se planifica y dirige la vida del niño y la niña siempre partiendo del mejor interés para él o ella, si bien, de un modo inconsciente se puede estar depositando en ellos y ellas expectativas, deseos, formas de entender la vida, dificultades y miedos que el padre y la madre tienen. Es importante reflexionar sobre el modo en que se carga a los/as hijos/as con la mochila de los progenitores y el efecto que esto puede causar en los menores en ese momento o a lo largo de su vida. Esto no quiere decir que los padres se conviertan en culpables de los problemas o dificultades de sus hijos e hijas, pero sí que, en la mayoría de los casos, pueden estar influyendo de alguna forma desconocida para ellos.

Las necesidades de progenitores e hijos/as son distintas y van cambiando según las edades, con lo que se debe de lograr un equilibrio que satisfaga a ambos.

Dejo el enlace de la canción de Serrat “Esos locos bajitos” que plasma de forma magistral esta idea.

Cuando mi hija es la maltratada

Aunque en ocasiones los medios de comunicación nos han “vendido” la idea de que la violencia de género ocurre a espaldas del entorno, siendo éste el último en enterarse, la realidad demuestra que eso nunca es así.

Hay múltiples señales que pueden hacer sospechar a unos padres que su hija es víctima de violencia por parte de su pareja.

Modificaciones de conducta o actitudes hacia personas cercanas y cambios en el estado de ánimo sin causa aparente en la hija pueden ser los primeros indicadores de que puede estar existiendo un problema.

En este caso, sería recomendable prestar mayor atención al trato que la pareja muestra con su hija y a la posible aparición de marcas en el cuerpo de la mujer que no tengan una explicación coherente de cómo ocurrieron.

Si continúan las dudas hay que explorar en el entorno: amistades y familiares de la misma edad con los que se relacionen que hayan visto u oído escenas de control o agresión.

Hay que recordar que la violencia física sólo es una parte de la violencia de género y todos aquellos comportamientos en cuya base se encuentre el control, el dominio y la humillación, son actos de maltrato.

Por otra parte, no creas que por pensar o intuir una situación de violencia de género estás exagerando los hechos. La sensación de que hay un problema y el ser consciente de ello por parte del entorno suele ocurrir cuando el problema lleva mucho tiempo sucediendo. Con lo que es importante que intervengas lo antes posible. Además es importante que sepas que lo que ha ocurrido no es culpa tuya ni de tu hija, el único culpable es el agresor.

A modo de orientación señalaré varios puntos a tener en cuenta para actuar con una hija que te cuenta que sufre violencia de género:

- Cree todo lo que cuente. No la juzgues.

- Nunca minimices ni intentes justificar un acto violento.

- Escucha atentamente, permite que se desahogue.

- No la agobies preguntándole detalles o situaciones para las que puede no estar preparada para contar.

- Transmítele el riesgo que implica para ella esta situación, sin depositar sobre ella el miedo y la angustia propios.

- Hazle saber que estás ahí para ayudarla.

- Pregúntala cómo cree que puedes ayudarla. Qué es lo que necesitaría de tí.

- Explícala lo que conoces del tema y las alternativas de actuación.

- Si aún no está preparada para terminar la relación, no la fuerces. En este caso debes permanecer alerta, denunciando si presencias o tienes conocimiento de algún acto de violencia contra ella.

- Acompáñala a un servicio de asistencia especializado que la orientará al respecto y donde pueda obtener atención psicológica para tratar las secuelas derivadas del maltrato.

Cuidándose para cuidar

Cualquier persona que tenga en su entorno a una persona dependiente o con grandes dificultades de autonomía, bien sea por cuestiones de edad o enfermedad, puede observar la dedicación familiar constante de la/s persona/s encargada/s de su cuidado.

El cuidador o la cuidadora realiza de modo constante tareas múltiples y muy diversas (enfermería, finanzas, organización, tareas del hogar, psicología, etc…), en su mayoría, sin conocimientos previos. Unas tareas que compagina con su trabajo fuera de casa y sus demás ocupaciones, lo que supone para la persona una enorme carga física y emocional, con costes de salud, sociales y emocionales, estos últimos traduciéndose en síntomas de tristeza, ansiedad y/u hostilidad.

Esta situación genera en la persona sentimientos ambivalentes de cansancio, desbordamiento e irritabilidad por un lado, y de tristeza, culpa y preocupación por el futuro por otro. Lo que aumenta su malestar.

Estos sentimientos tan distintos se producen porque la persona se encuentra dividida entre atender las necesidades del familiar y las suyas propias, a lo que se une sus creencias y miedos sobre su comportamiento esperable, lo que debe hacer según el rol familiar que ocupa, qué ocurrirá si hace o deja de hacer determinada cosa, que pasará cuando la persona ya no esté, etc…

La mayoría de las personas que se dedican a cuidar a un familiar les cuesta ser consciente del modo en que esta situación les está afectando, pero es importante reconocer los estados de malestar para afrontarlos y permitir que desarrolle su labor de cuidador/a en las mejores condiciones.

Si te encuentras en este caso existen algunas estrategias que puedes poner en marcha para encontrarte mejor:

- Comparte la responsabilidad del cuidado con otros familiares.

- Reserva un tiempo de ocio para ti, salir y hacer cosas que te gusten.

- Apóyate en tu entorno o amigos/as para hablar de lo que sientes como cuidador/a. Cualquier pensamiento y emoción que te produzca la situación es normal y poder compartirlo te aliviará.

- Buscar recursos e información y preguntar tus dudas puede ayudarte a afrontar determinadas situaciones concretas del cuidado de tu familiar. En este caso, las asociaciones de enfermos y familiares pueden ser de gran utilidad. El/la médico/a, psicólogo/a y trabajador/a social pueden proporcionarte la información de contacto.

 

Si tras poner en marcha estas estrategias continuas encontrándote mal, sientes que los sentimientos de ansiedad, tristeza o/e irritabilidad son elevados y te afectan de un modo significativo en tu vida, y por ende en las funciones de cuidado que realizas, es posible que sea necesario que consultes con un profesional de la psicología.

 

 

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Alicia Retuerta
Psicologa en Guadalajara
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